17 abril, 2024
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Cultura

“Saer forma parte de una muy estricta constelación de grandes escritores argentinos”

El universo literario de Juan José Saer es abordado en el libro “Saer en la literatura argentina” por el poeta, docente y crítico literario Martín Prieto, quien se sumerge en la obra del escritor santafesino y en la mirada que sobre sus textos han hecho distintos críticos y escritores para dar cuenta de cómo la literatura nacional se modificó con la irrupción del escritor de “La mayor” que, según el autor, integra “una muy estricta constelación de grandes escritores argentinos”.

Para configurar esa respuesta Prieto realizó, además, un análisis de la historia de la literatura argentina, abordó intervenciones en congresos, rescató correspondencias que Saer mantuvo con críticos en búsqueda de opiniones sobre sus textos, así como entrevistas, fotografías y contenidos de distintas cátedras acerca de la obra del autor.

En ese recorrido, se cuela tal vez el estrecho vínculo que el crítico Adolfo Prieto, padre del autor de esta obra, mantuvo con Saer, cuyos libros estuvieron siempre a mano en el ámbito familiar, así como las visitas y llamadas telefónicas que en busca de recetas de cocina realizaba el escritor de “La mayor”, “Cicatrices”, “El limonero real”, “A medio borrar” y “Nadie, nada, nunca”, entre otros libros.

El escritor había nacido en Serodino, el 28 de junio de 1937, en un matrimonio de padres sirios y dedicados al comercio. Trabajó como periodista, como docente de cine, frecuentó círculos literarios, conoció a figuras tutelares como el poeta Juan L. Ortiz y publicó cinco libros (tres de cuentos y dos novelas), antes de aceptar una beca que en 1968 lo llevó a Francia, país donde residió hasta su muerte. Su obra abarca, en total, doce novelas, cinco libros de cuentos, cuatro de ensayos y uno de poemas.

En diálogo con Télam, Prieto da cuenta de los motivos que lo llevaron a escribir este libro, editado por la Universidad del Litoral.

– Télam: El libro no sólo aborda el perfil literario del escritor, también ahonda en su historia, amistades, viajes, aspectos no muy conocidos de su personalidad, las herencias literarias de Juan L. Ortiz y Borges ¿Hay una intención de rescatarlo en todas sus facetas?
– Martín Prieto: Mi interés principal fue preguntarme qué le pasa a un autor, en qué se convierte su obra cuando ingresa en una literatura nacional. Y qué le pasa, cómo se modifica, una literatura nacional cuando entra un nuevo autor. De ahí es que me interesó seguir la historia de sus amistades literarias, esos primeros años en Santa Fe y en Rosario. Su viaje a Esperanza a conocer a José Pedroni cuando era un adolescente. Su amistad con algunos de los escritores e intelectuales del grupo Contorno y con los poetas de Poesía Buenos Aires. Los contornistas en esos años estaban en contra de Borges: lo consideraban un escritor brillante, pero pasatista, autor de una obra no comprometida con la realidad del país. La contrafigura de Borges, para Contorno, era Arlt. Y los de Poesía de Buenos Aires afirmaban que Borges era un poeta artificial, mentalista, cerebral, con una obra desprovista de intimidad y de emoción. Y su contrafigura era Juan L. Ortiz. Hay entonces un cruce de filiaciones y afiliaciones que se produce en esos años en el joven Saer: es artltiano, como los contornistas, juanelista, como los poetas de Poesía Buenos Aires. Pero también es borgiano, en solitario en relación a esos dos grupos de referencia. Y pedroniano, como una lectura influyente de primera juventud. En esa especie de mezcla, donde aparecen elementos refractarios unos con otros, se arma lo que hoy podríamos llamar la poética saeriana. De ahí mi interés en esa suerte de aproximación biográfica que ensayo en el libro: revistas, cartas, entrevistas, testimonios. No detrás de “la vida” de Saer.

– T: En el libro expone acerca del lugar de la obra de Saer en la literatura argentina. ¿De qué se valió para crear un universo literario, con el universalismo que lo hace y un discurso marcadamente poético? ¿Qué aportes hizo con su obra?
– M.P: No me gusta pensar en la idea de “aportes”. Más bien pienso que los grandes escritores, que no son tantos -escribir bien o muy bien no es condición suficiente- le agregan al mundo de todos los días un mundo nuevo. Ese mundo puede convertirse en un momento en un símbolo. Y ese símbolo simplificarse en un adjetivo. Hablamos de un universo “kafkiano”. Hablamos de un razonamiento “borgeano”, de una imaginación “aireana”. Conversaba con un alumno, después de una clase de consulta, le pregunto por dónde vive. Me contesta y, para darme más precisiones, apunta: “un barrio arltiano, cerca de la Terminal”. Ya puedo imaginarme cómo es. Alguien habla de un asado, en el mes de febrero, frente al río, todos muertos de calor. Para resumir, subraya: parecía una novela de Saer. Pero no se trata solamente de una afinidad representativa sino, sobre todo, de cómo se construyen (con palabras, con ideas, con imaginación, con observación, con estructura, con sintaxis, con figuras retóricas, con signos de puntuación) esos mundos de modo suficientemente persuasivo y convincente como para que nosotros “creamos” que, en efecto, un barrio -casas, calles, negocios reales, gente real- pueda ser equiparado a una novela; que la costa -agua, tierra, plantas, animales vivos y gente real también, cada una de ellas con su psicología, su ideología, sus asuntos, su dinero, sus problemas- pueda ser equiparada a otra novela. Y la literatura de Saer, como la de Arlt, como la de Borges, le agregó al mundo un mundo nuevo. Calor, conversaciones alrededor de una mesa, caminatas, política, ideas. Pero eso, en este caso, presentado con un extraordinario aparato formal: diccionario, sintaxis, signos de puntuación, estructuras, espacios, personajes -unos personajes buenísimos-, posición del narrador, ironía, descripciones narrativas y eso que los profesores llamamos “realismo de la percepción”.

“Mi interés principal fue preguntarme qué le pasa a un autor, en qué se convierte su obra cuando ingresa en una literatura nacional. Y qué le pasa, cómo se modifica, una literatura nacional cuando entra un nuevo autor”

– T: La intención de llevar adelante este análisis que vuelca en el libro, ¿radica en la necesidad de valoración y reivindicación de su obra, en tanto no fue lo suficientemente reconocida en su momento y por muchos años por parte de la crítica y de ciertos escritores?
– M.P: No. Hace unos años, en un congreso en Santa Fe, Beatriz Sarlo, una de las grandes críticas, lectoras y difusoras de la obra de Saer desde la revista Punto de Vista y la cátedra de Literatura Argentina del siglo XX de la UBA, decía, siguiendo una exposición de Edgardo Dobry, que Saer ya había ingresado en la posteridad. Y siguiendo otra exposición, en este caso de Nora Avaro, que a Saer ya no había ni que presentarlo, ni que reivindicarlo, ni que defenderlo y que, en tanto ya era un escritor que formaba parte del canon de la literatura argentina, se podía empezar a hablar mal de algunas de sus obras. Se han ocupado de Saer los más importantes críticos literarios argentinos. Sus libros están en las cadenas de librerías, forman parte de los programas de estudios en muchas universidades del país. Son temas de tesis de posgrado. Es un autor influyente, aun por omisión, en la literatura argentina. Saer ya forma parte de una muy estricta constelación de grandes escritores argentinos. Y es justamente esa posición la que me permitió escribir un libro como este.

– T: Muchos dicen que intentar seguir los caminos de Saer en cuanto a su forma de escritura es perder la batalla. ¿Cree que hay algún heredero de su obra, o en qué se observa esa herencia?
– M.P: Las herencias directas nunca funcionan: son siempre batallas perdidas de antemano. “Mi literatura es mía en mí; quien siga servilmente mis huellas perderá su tesoro personal y, paje o esclavo, no podrá ocultar sello o librea”, decía Rubén Darío. Gran decir. La herencia de Borges vive más en el testimonial de Rodolfo Walsh o en las novelitas y en los ensayos de César Aira que en los cuentos fantásticos o policiales de los años 50 de sus discípulos directos, que hasta adjetivaban como él. Cortázar, cuando le hablaban de su influencia en la literatura argentina de los años 60 y 70 decía, con pesar, “bueno, se están escribiendo muchas ‘Rayuelitas’”. La herencia de Saer, entonces, habrá que buscarla menos en aquellos que atiborran sus relatos o sus poemas de comas, de frases de larga duración, de escenas de calor y de conversaciones en una parrilla que en quienes toman esa base formal e imaginaria como modelo, pero también como restricción. Hay algo en la sintaxis y aun, en la temperatura de la literatura documental de Sergio Chejfec que puede vincularse con la de Saer, que era refractaria a todo afán documental. Hay algo de esa misma sintaxis y de esa misma temperatura en “Sumisión”, una novela fantástica, futurista y “científica” de Oscar Taborda, que también puede vincularse con la obra de Saer, refractaria sin embargo a toda idea de ciencia ficción.

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